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Doñana y su entorno como zona patrimonial

"El de Doñana es hoy un mundo en ebullición, muy lejos de lo que se está dando en llamar la “España vacía” o “vaciada”. Sus costas, por empezar desde el sur, han pasado de la más absoluta de las soledades a albergar bullentes urbanizaciones que no paran de crecer. Si seguimos hacia arriba, El Rocío, de aldea perdida se ha convertido en referente religioso cuasi universal por donde pasan al año cientos de miles de personas; de un puñado de chozas y una pequeña ermita a cientos de sólidas viviendas y un gran santuario. El antiguo núcleo urbano de Almonte —e igual se podría decir de sus vecinos Hinojos, Rociana, Bollullos, Moguer, Palos de la Frontera y otros— se ha multiplicado y remozado con todo tipo de equipamientos públicos y autovías que lo retornan a la centralidad perdida. Los campos de aquellos pueblos, que en siglos pretéritos cambiaran el cereal por la viña y el olivo, hoy están ocupados en sus zonas más exitosas por el fruto rojo… Y si pudiéramos meternos en la cabeza de sus habitantes posiblemente localizaríamos cambios tan profundos o más como los que percibimos en sus paisajes. Y qué han traído todos estos cambios, en qué se sostiene hoy el mundo de Doñana. Por decirlo de manera sucinta, en lo diverso, en la mezcla, en la hibridez. Tanto en Matalascañas como en El Rocío se vienen asentando desde hace medio siglo gente venida de los cuatro puntos cardinales, nacionales y extranjeros, y generalmente hombres y mujeres con importante formación: biólogos, veterinarios y técnicos diversos atraídos por el Parque Nacional; y empresarios, directores de hoteles y todo tipo de profesionales de la restauración asentados en las playas. Y más de una quinta parte de las personas empadronadas en los pueblos del entorno de Doñana es inmigrante pobre, de culturas, lenguas, costumbres y nacionalidades diferentes... Lo híbrido se ha impuesto, siguiendo de alguna manera el modelo de tiempos anteriores, el del mundo olvidado de las almadrabas y los asentamientos de fabricación de cerámica a lo largo de varios siglos por donde pasaría gente de toda laya. El ombú que se alza en una de las esquinas del Palacio puede ser un buen testimonio de este hibridismo, símbolo de unas intenciones muy claras: buscarle un sentido a Doñana, asentar su paisaje indefinido y cambiante a lo largo del tiempo. Y tal hibridez hay que recibirla como un don, en su naturaleza está la gestación y, sobre todo, el progreso de toda cultura; lo contrario es caer en el vacío, esa terrible situación en la que se encuentra gran parte de nuestro país que decíamos más arriba; igual que en los humanos y los animales hay que renovar la sangre para evitar deformaciones, en las sociedades hay que aplaudir la llegada de corrientes nuevas y frescas que las aireen y hagan crecer; queramos o no queramos, no existe contexto geográfico ni grupo humano puros, aunque haya quien pretenda lo contrario." Del Prólogo de Juan F. Ojeda y Juan Villa.

Entorno Colaborativo

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