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Los profesionales jóvenes reivindican el humanismo digital

"En esta época en la que la tecnología cae como una cascada sobre el futuro de los jóvenes, las dos mejores reflexiones sobre su sentido proceden de un poeta y de un filósofo. “Todo es tan lento como el pasar de los bueyes sobre la nieve”, escribió en su primer poemario (La lentitud de los bueyes) Julio Llamazares. “Si sientes una vocación por una profesión, un oficio; síguelo, no te desvíes del camino. En caso contrario, escoge una salida cercana a las necesidades laborales”. Esta visión corresponde al filósofo y pedagogo José Antonio Marina. Entre medias, está el elogio del pensamiento crítico. “Las humanidades son espacios críticos, lugares donde los estudiantes aprenden a generar esos recursos esenciales en su vida adulta”, reflexiona Agustín Zaragozá, profesor de Filosofía en el Instituto de Educación Secundaria Veles e Vents (Valencia). Y critica: “Desgraciadamente hay una devaluación automática de las humanidades. Es algo global. Y es la única, o la principal, manera que tienes de combatir el capitalismo”. Al menos el actual. “Ese que enseña a los chicos que si no “produces” no haces nada”. Por eso “es una vergüenza que la asignatura de Valores Éticos [sustituye a Religión] solo tenga una hora a la semana”, se queja el docente.

Hay que recuperar la lectura y el sentido práctico. Ese pasar de páginas cada día resulta más lento. En 2014 había —datos del INE— 6.717 bibliotecas, en 2018 cayeron a 6.458. Y los chicos acuden a esos espacios a leer El factor humano (Graham Green), A sangre fría (Truman Capote) o Lolita (Nabokov); pero no a aprender programación Java u otros lenguajes tecnológicos. Esos saberes reclaman diferentes espacios. Sin embargo, llegan cambios. Cada vez más alumnos de humanidades encuentran salida laboral en la tecnología. Unos lo verán como una esperanza; otros, pensarán, en una claudicación, pero es la realidad.

Miguel Toribio, 25 años, tiene un grado en Relaciones Laborales y Recursos Humanos en la Universidad Pública de Navarra. Estos días ve girar los aerogeneradores al igual que da vueltas una ruleta. Trabaja para Siemens Gamesa desde hace más de un año y estas jornadas sin imágenes, por teléfono, suena contento. Es responsable de la supervisión de la construcción de algunos de sus parques eólicos y viaja bastante. “El 90% del tiempo lo paso entre Francia y España. Pero me encanta y aprendo mucho”, asegura. “Y ha sido fundamental hablar inglés y francés”.

Una palabra lo cuenta todo. El mundo está construido sobre ellas. Aunque estos días las frases ya no se construyen como antes. Al menos una parte. Sofía Hernansanz, 25 años, antigua alumna de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y con un grado en Lenguas Modernas, Cultura y Comunicación, desborda ilusión como el agua en una de esas piscinas infinitas. Es experta en “lingüística computacional”. Por simplificar. Busca las palabras con las que hablar a las máquinas. Cursó, entre 2017 y 2018, un máster en la Universidad Complutense de Madrid (Letras Digitales) que fue igual que abrir un libro nuevo. Quizá repletos de “ceros” y “unos” en vez de fonemas. Pero un libro. “La tecnología tiene que adaptarse al hombre y lo fundamental es el lenguaje”, sostiene.

Es el nuevo humanismo del siglo XXI. Es digital. ¿Es un oxímoron? Estos días emplea su talento en Indra. Trabaja como analista en su filial de las tecnologías de la información, Minsait. Dedica parte de su jornada a “comunicarse” con asistentes virtuales. Alexa, Siri, Google Home. “Cada vez más empresas nos piden este tipo de perfiles”, comenta Manuel Alcántara, codirector del Máster de Humanidades Digitales de la UAM. “Quieren chicos de filología y comunicación”. Porque las máquinas deben aprender a entender al ser humano, pero también ética; fijar los límites. “Los humanistas tienen que dejar de centrarse en lo teórico y usar herramientas digitales”, apunta Alcántara. “Y todo es tan blando como las bayas rojas del acebo”, se lee en el segundo verso del poema de Julio Llamazares. Sin embargo, la fortaleza es inherente a la juventud y también, el tesón.

"No daba un duro por ti". Esto es lo que escuchó la filóloga clásica, formada en la Universidad de Santiago de Compostela, Cristina Carbajal, de su profesora, durante el primer curso de formación sobre programación en Java. Fue antes de entrar, hace unos 18 meses, también, en Minsait como analista en tecnologías avanzadas. Es una piedra de toque de la injusticia. “He tenido que soportar la superioridad intelectual que se le otorga a una persona por ser de ciencias”, critica Carbajal. Hoy, si esa extraviada docente leyera su LinkedIn, vería que habla algunas de las lenguas del siglo XXI. Programa en Python, JavaScript, Bash; y es capaz de usar Docker (ordenador con máquinas virtuales) y sus orquestadores (coordinar las computadoras). “Hace unos años esta frase no hubiera tenido ningún sentido para mí”, reconoce.

Pero la nieve cae y cubre los lugares comunes. “Resulta muy importante tener la mente abierta y no dejarte influir por toda la gente que, con sus prejuicios, ya han marcado tu destino profesional. Descubrí que la lógica de los lenguajes de programación resulta bastante similar a la lógica sintáctica y morfológica que he usado durante toda mi carrera para traducir las lenguas clásicas”, observa Cristina Carbajal. ¿Y el mañana? “No me preocupa, porque las humanidades ten dan un pensamiento integral y desde muchas facetas”, narra Carmen Pérez San Martín, 20 años, estudiante de grado en Humanidades de la Universidad de Navarra. Ya escribió Julio Llamazares: “No es un error la lentitud”. 

Dobles grados para sumar humanidades

"Puede ser que el tiempo de nuestra sociedad actual sea una porquería de tiempo". Hay que quedarse con esas 14 palabras. Dónde está el espacio para la familia, para la conciliación para eso que los romanos llamaban otium. "¿Dónde está el tiempo de calidad?" La intranquilidad, profunda, procede de Marco Antonio Díaz Marsá, coordinador de los dobles grados de Filosofía y Políticas y Filosofía y Derecho de la Universidad Complutense de Madrid. Ante el "arrinconamiento" de las Humanidades muchas están lanzando grados dobles con propuestas humanistas. Recuerda aquello que escribió Cela sobre su Pascual Duarte. "Sumé violencia sobre violencia y eso quedó como un petardo". Esa es la idea: sumar; y funciona. "No veo un sesgo discriminatorio familiar porque el hijo curse humanidades", subraya Rosario Moreno, decana de esa rama de la Universidad Pablo de Olavide (UPO) de Sevilla. Ellos ofrecen, entre otros dobles grados, Humanidades y Traducciones e Interpretación, y Geografía e Historia y Ciencias Ambientales (12 plazas). Por su parte, la Universidad Nebrija responde con Relaciones Internacionales y Comunicación; la Universitat Politècnica de Valencia propone, siempre en Bellas Artes, el grado en Conservación y Restauración de Bienes Culturales y la Autónoma de Barcelona ofrece el grado en Filosofía, Política y Economía y en Estudios Socioculturales de Género. Y como novedad, cuentan con dos grados en proceso de aprobación (Historia, Política y Economía; y Ciencia, Tecnología y Humanidades) para el curso 2020-2021. Futuro y pasado. "El confinamiento ha servido para que valoremos más la formación humanística, la gente ha vuelto a los libros", indica Javier Andreu, vicedecano de alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra. Retorno a las palabras.

Autor: Miguel Ángel García Vega

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