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Indígenas del siglo XXI / EL MUNDO

El cacique emberá Antonio Zarco está entrenado para ser un guía turístico de sí mismo. Y de su comunidad. Los Parará Purú son una población indígena que vive a orillas del río Chagres, en la selva del Parque Nacional Chagres. Tienen sus propias leyes, un cacique particular, un estilo de vida y unas costumbres con siglos a sus espaldas que se resisten a perder. Lucen guayucos (no les gusta que les llamen taparrabos) y manejan la cerbatana. Viven donde y como quieren. Todo con una única y muy moderna fuente de ingresos: el turismo. Han encontrado la ecuación perfecta. Si pierden su cultura, pierden sus divisas.

El Chagres no es un río cualquiera. Es el único río que desemboca en dos océanos y sus aguas son la principal fuente de abastecimiento del Canal de Panamá. Los Parará Purú se encuentran junto a una de las porciones de tierra más estratégicas del mundo. Son vecinos de la mayor obra de ingeniería civil del planeta, por la que transita hasta el 5% del comercio marítimo global y que es en sí misma un espectáculo que atrae cada año a un millón de visitantes. La obra faraónica de ampliación encara las pruebas finales y se espera que esté operativa en la primavera de 2016.

Los Parará Purú se asentaron junto al Chagres en los años 50 en un movimiento migratorio procedente de Colombia y del Darién panameño.El origen es curioso. Un emberá fue contratado por el ejército norteamericano y luego por la NASA para asesorar a soldados y astronautas en técnicas de supervivencia en la selva del río Chagres. Les enseñaba a sobrevivir a una noche en soledad en la selva o a merendarse una iguana, típicos escenarios exóticos a los que todo recluta destinado en Vietnam prefería no enfrentarse.

El indígena era Antonio Zarco, abuelo del actual cacique y un auténtico jaibana, curandero y guía espiritual de la comunidad. Y los astronautas, Neil Armstrong, Edwin Aldrin Jr. y Michael Collins, los primeros hombres en pisar la luna. La tarea de Zarco consistía en que los tripulantes de la misión Apolo 11 fueran capaces de sobrevivir en caso de que la nave cayera en una zona selvática y no en el océano Pacífico, donde fueron rescatados.

En 1984 se creó el parque nacional para garantizar la provisión de agua en el Canal y sortear la amenaza de ganaderos del occidente panameño, lo que para los emberá supuso una serie de restricciones en sus prácticas de cultivo, caza y pesca. Así que se reciclaron. Como ya no podían vivir de la hacienda, se prepararon para lo que venía: el turismo y la ecología. Aprendieron español, a ser guías de sus rutinas, artesanos... Ahora incluso estudian inglés y trabajan con ordenadores. Tienen perfiles en Facebook.

El antropólogo Nigel Barley se ha mofado en alguna ocasión de la idealización romántica de la sabiduría indígena, heredera de los escarnios coloniales de otras épocas. Por ejemplo, de la vida en armonía con la naturaleza. Barley recuerda a sus queridos dowayos, que con frecuencia le reprochaban que no les trajera una ametralladora de la tierra de los blancos para erradicar de una vez por todas las molestas manadas de antílopes que recorren la estepa africana. 

Los emberá no son sospechosos de terrorismo ecológico. «Emberá y wounaan están ligados culturalmente a la selva tropical. El problema es que el concepto de los parques naturales sigue la corriente norteamericana, que presupone el parque como hábitat de animales y plantas, con la exclusión de los habitantes», explica el antropólogo Francisco Herrera, que ha trabajado más de 40 años con comunidades indígenas panameñas.

El turismo ha generado una tendencia a exhibir modelos tradicionales aceptables a un público turístico. No se puede decir que las danzas con las que te alfombran la visita ni las artesanías que te venden para tener dinero en metálico sean artificiales («ahora nosotros también tenemos que comprar en las tiendas», recuerda Zarco). ¿Cuáles no son aceptables? «Muchas casas no tienen letrinas y las heces y las aguas servidas van al río, como la basura. El río limpia, pero a la gente de la ciudad esto no le parece higiénico. Se podría presumir que éste es el ambiente exótico que un ecoturista espera experimentar, pero los emberá saben de las reacciones de la gente y tratan de controlar sus prácticas», apunta Herrera.

La visita a los emberá se puede contratar con una agencia turística en Panamá. El poblado está relativamente aislado, se encuentra a unas dos horas de la capital. El tramo principal se hace en carretera y luego hay que remontar en cayuco el río Chagres unos veinte minutos. 

La visita está bien, pero mejora en los tiempos muertos. En la sobremesa, por ejemplo, después de comer con los indígenas plátano frito y una fresquísima tilapia, pescado de río. Cuando las más jóvenes empiezan a coquetear a tu lado. En realidad, te están vacilando como lo harían unas niñas de instituto de barrio madrileño.

-¿Ves a esa mujer? -me pregunta una de ellas señalándome a una niña de poco más de ocho años-. Ya está casada.

-¿Dónde está su marido? -le pregunto enarcando las cejas.

-Cazando -me responde, y se ríen todas a la vez. Yo les sigo la corriente y les digo que en Madrid me esperan siete esposas. 

Entre ellas hablan en emberá. Dominan el español a la perfección y también enarcan las cejas, pero lo que identifica a la comunidad es su lengua. El 12 por ciento de la población del país es indígena, algo más de 400.000 personas. Los pueblos originarios de Panamá están formados por un total de ocho grupos etnolingüísticos (ngäbe, kuna, emberá, buglé, wounaan, naso tjerdi, bribri y bokota). La mayoría habita las zonas más pobres del país y afronta el problema de la migración de la población joven a las ciudades. El ecoturismo es una alternativa viable para el desarrollo interno y dentro de los términos de su propia cultura.

Los Parará Purú son una pequeña población de veinte familias. Sus viviendas están sostenidas por pilotes para protegerse de los animales y cubiertas con hojas de palma. Durante la época colonial en el Darién panameño, los españoles y bucaneros hacen referencia en sus escritos a bidoqueras o casas en árboles, tal vez una descripción de esas viviendas. Los contactos entre emberá y españoles fueron limitados hasta el siglo XVIII. El río Chagres, aparte de ser fundamental en el diseño del Canal, fue una vía natural de transporte de metales preciosos.

La sombra del Canal

La sombra del Canal es alargada y parece una rareza la convivencia entre una mega infraestructura semejante y una comunidad originaria. Sorprende el aislamiento que han conservado los indígenas hasta hace muy poco. En parte hay algo de diseño y de interés recíproco. El Estado permitió e incentivó la ocupación de tierras en los márgenes del Canal para utilizarlo como propaganda y reivindicar su devolución (no hay que olvidar que hasta 1999 estuvo en manos estadounidenses). A las poblaciones indígenas les beneficiaba la relativa cercanía de los núcleos urbanos y un acceso más despejado a servicios públicos como sanidad y educación.

Mientras preparan el mercado de artesanía, me escapo con un niño emberá para que me enseñe la escuela. En el camino, en un claro en la selva tropical, hay un cartel poco alentador -«prohividos tirar basura» (sic)- y un bidón para reciclar latas de refrescos. Se trata de una escuela para alumnos de primer a sexto grado y al maestro, que da clases en español, lo envía el Estado. Junto a ella se abre un pequeño campo de fútbol de tierra donde se disputa una suerte de Champions League emberá con los chavales de otras comunidades.

El cacique ejerce de cordón umbilical con el Estado y gestiona los problemas locales. Le pregunto a Antonito Zarco cómo se elige a esta autoridad tradicional: «Vota la comunidad, hombres y mujeres mayores de 15 años. Cuando votamos, seguimos un turno y nos ponemos en fila india. A ver, sí, nosotros también lo llamamos fila india», se ríe. En Panamá no hay indios, un término ya superado y que no les gusta; son originarios o indígenas. Zarco tiene 42 años y luce guayuco, muñequeras de monel y collares en su torso desnudo. «Cuando voy a la ciudad me visto de ciudadano panameño. Tengo mis zapatos, la ropa de ustedes». Su principal preocupación, ante la que no sonríe, consiste en que los Parará Purú viven en tierras prestadas por el Estado y temen que les obliguen a emigrar en algún momento sin poder decidir sobre ello. 

Los emberá tienen canalización de agua corriente, pasaporte y registro civil, su cementerio está en la capital. Cuando le pregunto a Zarco dónde guardan los ahorros de la comunidad, me mira como si estuviera ante el antropólogo inocente y responde: «En el banco».

En una primera impresión nada más llegar a esta aldea en la selva, cuando contemplas sus danzas rituales, cuando estás sentado tomando un té de hierba mientras se te cruzan señores en taparrabos (guayucos) con el cuerpo pintado, te asalta el síndrome del crucerista o, en términos antropológicos, la trampa de la autenticidad. Vamos, que no te lo crees. Que dudas si esto será puro artificio. 

Entonces llega un antropólogo como Dimitrios Theodossopoulos, de la Universidad de Kent, que se ha pasado 17 meses conviviendo con los Parará Purú repartidos en un periodo de seis años y te dice que pensar que se trata de una invención o un artificio se fundamenta en una visión estática de la autenticidad y subestima gravemente la complejidad y el potencial transformador de la realidad indígena. No sólo eso, sino que socava las practicas culturales de los grupos minoritarios más vulnerables. Vamos, que te lo tienes que creer. No sólo forma parte de su cultura si no que han conseguido ganarse la vida con ello. Y si visten guayucos en la selva y pantalones en la ciudad, si las mujeres ya no reciben a los turistas con los pechos descubiertos, es porque una cultura es un organismo vivo influido por lo que ocurre a su alrededor.

¿Y el porvenir? El factor de cambio más importante ahora mismo es la tecnología. Buena parte de los adultos tiene teléfono móvil. Hay televisores alimentados con batería solar o de automóvil en muchas casas. Los caciques saben de la necesidad de un motor fueraborda en las piraguas para movilizar a los turistas y desplazar productos desde los pueblos de la costa. Pero la clave radica en la sostenibilidad del mercado turístico y, como señala el antropólogo panameño Francisco Herrera, en que se ajuste el reparto de ingresos entre las agencias turísticas y los indígenas. Eso, o que los herederos de Antonio Zarco vuelvan a dar lecciones de supervivencia a los astronautas de la NASA.

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