Mensaje de estado

Locating you...

Cinco ideas falsas sobre las humanidades - El Búho

Artículo/Blog

Una creencia muy extendida es que las humanidades no tienen aplicación práctica, es decir, que no son útiles. En tal sentido, las ciencias y la tecnología sí tendrían utilidad, ya que explican y resuelven problemas, se verifica su importancia mediante prácticas reales y objetivas, y sus resultados son cuantificables. No obstante, las humanidades sí son útiles, por ejemplo, para sentar las bases de una ciudadanía democrática. Esta condición es posible gracias al cultivo de un pensamiento crítico y creativo, al reconocimiento de la diversidad, la empatía con otras experiencias humanas y la reflexión sobre la complejidad del mundo. Literatura, filosofía, historia, psicología, ética y artes forman el pensar y el sentir sobre los otros y nos ayudan a comprender que las diferencias son un desafío para el consenso, mas no una muralla infranqueable.

Esta creencia falsa es un resabio de la vieja dicotomía entre ciencias naturales y ciencias del espíritu establecida por Dilthey, quien estimaba que la esencia de aquellas residía en la explicación y de estas en la interpretación. Ambas facultades intelectuales fueron distorsionadas a favor de una sobreestimación de las ciencias naturales en perjuicio de las humanidades y las ciencias sociales. La superioridad de la explicación sobre la interpretación se fundamentó en la necesidad de alcanzar resultados constatables y universalizables, lo cual implicaba reducir al máximo las apreciaciones evaluativas y especulativas. El giro lingüístico, desde Wittgenstein hasta el postestructuralismo, ha insistido en la condición primaria de la comprensión analítica del lenguaje antes de iniciar cualquier reflexión sobre la realidad humana, social o natural. Por consiguiente, si el lenguaje organiza nuestra representación de la realidad, las humanidades tienen mucho que decir al respecto.

«De acuerdo, pero las humanidades no son rentables», es también una objeción frecuente. Mientras las áreas de ciencia y tecnología reciben ingentes presupuestos para investigación, becas, pasantías, etc., por el contrario, las humanidades, salvo excepciones notables, no están contempladas dentro de las áreas estratégicas para el desarrollo nacional. Concytec, la institución rectora del sistema nacional de investigación científica en el Perú ha establecido áreas estratégicas a las cuales se destinan fondos para becas de posgrado en universidades nacionales e internacionales: no se incluyen maestrías ni doctorados en humanidades ni en ciencias sociales. En Argentina, antes del recorte determinado por el gobierno de Mauricio Macri, Conicet otorgaba becas doctorales y posdoctorales para investigaciones en ciencia, tecnologías, ciencias sociales y humanidades. El mayor recorte lo han sufrido las humanidades. El argumento es que la necesidad de obtener resultados tangibles es impostergable; en consecuencia, impactan directamente en la sociedad debido a que se las necesita. De esto infieren que, en los casos más logrados, la inversión es retornable.

El retorno de la inversión en humanidades es de otro calibre. Se trata de una rentabilidad social. La reducción de las desigualdades sociales ataca directamente las estructuras causantes de la injusticia social. Es cierto que los resultados no se advierten en el corto plazo; sin embargo, son más duraderas porque las aptitudes, capacidades y valores que estimula se traducen en actos con repercusiones colectivas, las cuales, inclusive, salvaguardan la prosperidad económica. Los responsables de la crisis financiera del 2008 provenían de las universidades de élite de los Estados Unidos. El problema no fue de incompetencia profesional sino su deficiente formación ético-moral. En lugar de insistir en modelos represivos contra la inseguridad ciudadana, habría que reformular los planteamientos educativos en el aula, ese microcosmos que reproduce en miniatura lo mejor y lo peor de la sociedad, para invertir a futuro en una formación ética, pero no teórica, sino práctica: aquella que nos alerta ante la corrupción, el abuso de poder o la inequidad social. Posiblemente, si los apólogos de la educación para el lucro comprobaran las pérdidas económicas provocadas por la corrupción, se decantarían por una educación para el desarrollo humano.

Desde otras posiciones se afirma que las humanidades carecen de actualidad en el siglo XXI, argumento sucedáneo del anterior. Así, se coloca a las humanidades por debajo de la ciencia y la tecnología, circunstancia que replica la oposición ciencias/humanidades o artes/tecnología, por lo cual se estima que su decir sobre el presente es limitado. Pensemos brevemente en Julio Verne, Arthur C. Clarke, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Geoge Orwell o Aldous Huxley y examinemos con claridad si realmente las letras no tendrían que decirnos mucho sobre el presente y el futuro, inclusive. La ciencia ficción ha mostrado ser tanto o más política que la narrativa realista. Y, aún supuesta la inocuidad contemporánea de las humanidades, ¿por qué la historia reciente del totalitarismo da cuenta de su obsesión  por seducir o controlar a los intelectuales y sus discursos? ¿Por qué tanta insania contra libros que carecen de vigencia y cuyos contenidos palidecen ante el vigor de la tecnología? ¿Qué motiva a un Estado represor a prohibir la circulación de libros de psicoanálisis, sociología y filosofía, retirarlos de las bibliotecas, quemarlos públicamente y perseguir, asesinar o exiliar a sus autores? Pues el dominio sobre un discurso al que, en realidad, se teme por su aliento subversivo.

La aparente caducidad de las humanidades solo es sostenible desde una supina necedad. Los saberes humanísticos se renuevan constantemente; sin embargo, su circularidad demanda la revisión de autores, textos e ideas que, aunque remotos, impulsan renovadas reflexiones actuales. Asuntos como la corrupción, desigualdad de género, machismo, racismo, capacitismo, diglosia, discriminación lingüística, etc., evidencian la patente actualidad de la ética, filosofía, lingüística, retórica, argumentación, sociología, psicoanálisis y ciencias políticas. Entonces, si estos problemas son vigentes, los saberes que los explican, interpretan y combaten también lo son. «Leer es un acto de guerra», afirma el crítico y teórico literario español Manuel Asensi en su Crítica y sabotaje (2012). ¿Acaso una lectura crítica no es un arma eficaz y vigente contra la desinformación y la manipulación ideológica de los media? ¿No arriesgamos demasiado al renunciar a una lectura crítica de los discursos hegemónicos? La manipulación a través del discurso político y mediático es de gran actualidad; nuevamente, su confrontación también lo es.

...

Editorial: 
El Buho
Autores: 
Charlie Caballero

Entorno Colaborativo

Nuestra Red de Contactos

Eventos

D L M M J V S
 
 
 
 
 
1
 
2
 
3
 
4
 
5
 
6
 
7
 
8
 
9
 
10
 
11
 
12
 
13
 
14
 
15
 
16
 
17
 
18
 
19
 
20
 
21
 
22
 
23
 
24
 
25
 
26
 
27
 
28
 
29
 
30
 
31