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"Cuando hablamos de qué se entiende por rural nos confrontamos con uno de los problemas estructurales del país: la España Vacía. Que no vaciada, por razones demasiado largas de explicar aquí. El 80% de la población española vive en una ciudad, según datos de 2018, con todo lo que ello comporta a nivel infraestructural: concentración de servicios en las zonas urbanas, dimensionamiento y ubicación de las carreteras para unir ciudades y, más dramático, la creación de grandes bolsas de irrelevancia dentro del territorio español, entendidas éstas como comarcas enteras sin médicos especialistas, déficit de enseñanza, de bibliotecas, de teatros y cines, etcétera. Solo algunas partes del campo de los territorios no demasiado alejados del mar se escapan de esto. Vivir en el campo es en estos momentos un acto de militancia, una apuesta por tiempos mejores en pueblos moribundos. Tan sólo que los jóvenes muestren interés por lo rural ya quiere decir algo. Si además se quedan a vivir allí el mérito es impresionante. Se está desarrollando un cierto tipo de sensibilidad por lo rural que, con muchos peros, es positiva. No podemos olvidar que este 20% de población controla un 80% del territorio, lo cuida, lucha (a menudo infructuosamente) para evitar la lógica del campo configurado como servidor de la ciudad sin entidad propia o, peor todavía, del campo como tierra de nadie opuesta a la ciudad, toda ruinas e insalubridad y desolación.

Esta sensibilidad ha tenido consecuencias que, cuando se han analizado (que ha sido bastante poco) se ha hecho desde el punto de vista estético. Me gustaría ir más allá para proponer un par de puntos de reflexión sobre la actitud de los arquitectos jóvenes hacia lo rural.

Primero: valga la redundancia, lo rural ha de ser rural. Es decir, no ha de ser urbano. Las leyes de configuración del territorio rural no son las de la ciudad. Ni lo son las tipologías de vivienda (es decir, los pisos se distribuyen diferente, tienen un contacto con el suelo diferente, una relación con los vecinos diferente) ni lo es la relación con lo construido que, cuando más pequeño sea el pueblo, más tiene de patrimonial, porque no es tan sólo lo construido lo que se ha de preservar. También se ha de preservar el tejido urbano y la densidad en un tratamiento que ha de tender a lo hiperespecífico, como tienden a esta hiperespecificidad las respuestas que se dan al tema. Obviamente la relación con la sostenibilidad también es de otro tipo, más atrevida y variada por una razón de peso: se ha de tender a una eficiencia y, a menudo, a una autarquía que no ha lugar en la ciudad.

Segundo: evitar los folklorismos. Este es el punto más interesante que han aportado los jóvenes a la arquitectura rural. El mundo rural siempre ha tenido una estratificación social muy fuerte. Las arquitecturas rurales que suelen estudiarse y valorarse en las escuelas como garantes de la relación con el lugar, de la economía de medios, de la sinceridad constructiva, siempre han sido programas duros, agrestes, complicados en su relación con los usuarios al no contemplar ningún tipo de confort. De tan económicas como son podemos llamarlas arquitecturas de supervivencia, precarias, frágiles, a menudo odiadas con razón por sus habitantes por verlas sólo un paso por encima de la indigencia.

Las arquitecturas cultas rurales, en cambio, se deben a una cierta idea de este confort. En parte lo analicé en Las camas de Olot, donde hablaba de uno de los recursos de habitabilidad principales, el vestido, el revestimiento. Todo aquello que las nuevas arquitecturas demonizan.

El estándar de confort de los arquitectos jóvenes cuando tratan con lo rural viene de las arquitecturas populares, vernáculas, de lo más rural de lo rural. De lo crudo, de lo directo, de lo salvaje. El rasgo más interesante de estas arquitecturas jóvenes es este intento de cambio de paradigma para fijar un nuevo estándar culto más enraizado al lugar, que valora como patrimonio construcciones que todos querrían ver reformadas o derribadas. Este retorno a los orígenes podría ser objeto de otro artículo. Probablemente lo sea. Tan sólo apuntar que este retorno suele ser recurrente cada pocas generaciones. Ahora hacía falta revisarlo. Lo que, en conjunto, esta nueva generación está haciendo con brillantez. Esperemos que sea una de las semillas de la redefinición del campo tan necesaria desde hace décadas o siglos. Ánimos.

..."

Editorial: 
Diario 16
Autores: 
Jaume Prat Ortells

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