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¿Qué se espera de una gestión cultural? / revistaenie.clarin

Artículo/Blog

Aun con sesgo polémico, por la utilización política que se les dio a muchas de las iniciativas, el acento puesto en la cultura fue una de las características de los doce años de gobiernos kirchneristas. También la manera dispendiosa con que se destinaron fondos públicos a ese sector. Para dar un ejemplo, el debatido Centro Cultural Kirchner es la prueba cabal de un gobierno que, como los faraones, quiso permanecer a través de los símbolos y de la monumentalidad.

Pero hay que decir que no se trató solamente del gerenciamiento de lo ya existente sino de la creación de nuevas instancias allí donde no las había: el Canal Encuentro; el Espacio Memoria y Derechos Humanos, que resignificó el siniestro edificio de la ex ESMA; Tecnópolis –un foco de atracción popular con la ciencia como eje principal–, fueron algunas de ellas. Discutida, la gestión K llevó adelante una fuerte transformación del canal público y de espacios como la Biblioteca Nacional.

Por su parte, el PRO, a punto de asumir el ejecutivo nacional, tuvo a su cargo, durante ocho años, la gestión cultural en la ciudad de Buenos Aires. Se continuaron y dinamizaron una gran cantidad de festivales en distintas áreas como el jazz, el cine, el teatro, el tango. La inauguración de la Usina del Arte sumó un espacio nuevo en una zona que se intenta recuperar, y el Teatro Colón fue exhibido en todo su brillo, con interesantes programaciones.

La transición es un momento de balance y replanteo de las expectativas y asignaturas pendientes en el ámbito cultural. Consciente de la relevancia de este debate, Ñ consultó a distintos referentes con una serie de preguntas:

¿Cuál sería el mayor logro y el mayor déficit de estos 12 años de gestión cultural kirchnerista? ¿Qué merece mantenerse y qué modificarse?

¿En qué aspectos debería poner énfasis la nueva gestión cultural?

¿Mediante qué medidas concretas? ¿Podría dar ejemplos?

 

Horacio González Director de la Biblioteca Nacional

En este período que ahora concluye siempre se tendió hacia un nuevo tipo de relación entre la construcción de imágenes, de textos, de diseños industriales y de creaciones musicales, teatrales y poéticas, que sean a la vez “forma y contenido”. No se dijo de esta manera ni se lo explicitó con formulaciones precisas, pero sus cimientos iniciales pueden percibirse en el esbozo de una red multiplicadora de acciones visuales que atraviesan universidades, instituciones culturales públicas y privadas sin fines de lucro, centros de estudio diversos, canales de televisión, todo lo cual recoloca dramáticamente los tabiques entre saberes universitarios, saberes trascendentales, educación popular, eventos en los sets televisivos, obras teatrales o comentarios de textos.

No se trataba de volcar todo medio cultural a sus estructuras de divulgación (que deben existir) sino de construir, resguardar e incluso salvar las obras. Entre las cuales se halla la lengua común que hablamos. Por cierto, construir el hilo conductor y el memorial activo de estos ámbitos tan heterogéneos no suponía una mera agencia de coordinación basada en el knowledge management o el couching ontológico . Todo esto permanece como el desafío de hoy y de siempre.

Con respecto a qué merece mantenerse y qué debe modificarse, estos son debates abiertos en la sociedad argentina en los que todos seguiremos participando. Siempre critiqué el concepto de “sociedad del conocimiento” por diluir la obra y el enigma, que siempre se halla en la carne viva de la creación cultural, sea de la tradición popular o erudita. En todo momento me guié por esa crítica para juzgar qué debía tener cualidades de permanencia para una política cultural. Pero en verdad no conozco a nadie que pueda responder con títulos definitivamente solventes esa pregunta, cuya altisonancia no tiene acogida en mi pensamiento.

Se me pregunta en qué aspectos debería poner énfasis la nueva gestión cultural. Hay especialistas en gestión cultural; no es mi caso. Por eso, siempre creí que una adecuada gestión cultural debe comenzar por poner en cuestión el mismo concepto de gestión cultural. Ya ella, en sí misma, es una forma de la cultura perteneciente a las culturas estatales, a las del funcionario cultural y a las del gestor de “bienes simbólicos”, que debe ponerse bajo autoexamen. Son un estilo, que aun cuando se dice pluralista, no deja de acentuar en un mundo tan diverso como el de la cultura, una inclinación o un sesgo. Al hacerlo sin enunciarlo en forma explícita, se convierte en un condicionamiento como cualquier otro al pluralismo, sólo que de carácter implícito.

Este tema debe ser tratado con un alto grado de problematización de sí mismo, y ese sería el rasgo central de toda política cultural.

Al mismo tiempo debe producir acciones que llamaría intervinculantes entre varias dimensiones, cuales son las culturas basadas en obras con fuerte sello de originalidad, las culturas seriales de la llamada industria cultural, y la industrial inmaterial de la digitalizacion de contenidos. A estos últimos hay también que problematizarlos, pues si se impone esta nomenclatura, se impondrá fatalmente el “gerente de contenidos”, dejando librada la cultura, en su auténtica pluralidad, a las fábricas culturales globalizadas y a las retóricas de mercado, ya petrificadas por los grandes actos de monopolización de la conciencia pública. Aquellos lazos intervinculantes no son formas complacientes de fusión entre culturas diversas, sino actos propios de la crítica.

He participado con fuerte compromiso durante más de una década en la dirección de la Biblioteca Nacional, y termina mi ciclo con el gobierno de Cristina Kirchner. Participaré ahora de otra manera, desde mi propia ciudadanía cultural y con el derecho que nunca he perdido de opinión autónoma.

 

Diana Dowek artista plástica

Este fin de ciclo del actual gobierno, me trae una imagen de la dramaturgia que no puedo discernir si es producto de mi imaginación y que adjudico a una puesta de escena de “Las criadas” de Jean Genet, donde una de éstas, tras tomar el papel de su patrona burguesa, se va de la casa, llevándose consigo todo a cuestas: el mantel, los platos, los cuchillos y hasta las migajas de la mesa. Deja una casa (un país) sin sus riquezas, empeñada, con sus arcas vacías, casi en la ruina. Luego de permitirme visualizar este drama, pasaré a enumerar lo que en mi opinión debería hacerse/gestionarse para una política cultural nacional.

Creo en una concepción de la cultura ampliamente democrática, científica, popular, con sentido nacional e independiente de todos los centros de poder internacional, reconociendo la cultura y nacionalidades de los pueblos originarios, con énfasis también en el federalismo. Es preciso alfabetizar a los miles de excluidos e incorporar en la currícula la educación por el arte y la cultura.

Las escuelas no deben convertirse sólo en “comedores”, sí en espacios donde se enseñe sobre todo a pensar y desarrollar la inteligencia y la cultura del trabajo para hacer frente al flagelo y verdadero genocidio actual que es la droga y el narcotráfico, donde las víctimas son los más jóvenes.

Una gestión cultural debería promocionar el arte y la cultura nacional en el exterior, sin la incorporación de propaganda política partidaria oficial. Me refiero, concretamente, a lo sucedido con respecto a la obra de Nicola Costantino, en la Bienal de Venecia de 2013.

Es imperioso sancionar la ley de Jubilación para el Artista Plástico-Visual según la ya presentada por distintas asociaciones específicas.

Con respecto a qué mantener de lo realizado en estos años, se deberían preservar aciertos culturales como el Canal Encuentro o la ley de derecho de imagen que beneficia al actor, entre otras. Y terminar con la política de apoyo sólo a los intelectuales y artistas oficialistas, democratizar ese apoyo haciéndolo extensivo a todos los trabajadores de la cultura independientes del poder político.

En este sentido, debe cesar el uso de los medios públicos de comunicación como propiedad del gobierno actual-saliente, que lo necesita para instalar un “relato” falaz, que cuenta con conversos y/o mercenarios que han renegado del modelo gramsciano que algunos simulan seguir y que es el papel del intelectual crítico de todo poder de las clases dominantes y su grupo hegemónico.

Una gestión cultural nacional debe incluir en su idea de cultura que no todos los argentinos bajamos de los barcos. Reconocer a los pueblos originarios. Urge rever la política de desdeño y represión que ha mantenido el gobierno saliente, sobre todo, los gobiernos de Formosa y Chaco. Es de vital importancia defender su cultura ancestral. Dar soluciones a sus reclamos por los territorios que les pertenecen, así como responder a otras necesidades insatisfechas, forma parte de los derechos humanos. Es esencial la libertad de expresión y la diversidad cultural.

Que se abran “verdaderamente” Cien Flores en la Cultura para expresar la identidad de nuestro pueblo.

Apelo a la memoria para que en este tránsito político, social y cultural, no nos veamos relacionados nuevamente con otra gran obra de la literatura universal, El Gatopardo de Giuseppe Lampedusa: “…que todo cambie para que todo siga igual”.

Gabriela Massuh directora editorial de Mardulce

Hay una gestión cultural nacional que por el momento se acaba y otra, en la Ciudad de Buenos Aires, que hemos visto actuar en los últimos ocho años y de la que podemos suponer que, en su concepto de fondo, no querría variar demasiado.

Más allá de la evidente intención populista y cuasi propagandística del kirchnerismo, emprendimientos como Tecnópolis, el Museo del Bicentenario, el Centro Cultural Haroldo Conti e incluso la desmesura soviética del Centro Cultural Kirchner, son la prueba de que su gobierno tenía, aun con sus políticas culturales erráticas, con sus motivos más o menos legítimos, la firme voluntad de invertir en cultura. El problema radica en que la manutención de estas instituciones estuvo (y está) supeditada a otros ministerios (Planeamiento, Educación, o a los fondos de la ANSES) y es difícil que el nuevo gobierno acepte esta distribución un poco arbitraria de los fondos públicos.

Aunque no se vislumbra cómo seguirá funcionando de aquí en más, un centro cultural en el maravilloso edificio del antiguo correo es la mejor manera de preservar un edificio de un inmenso valor patrimonial.

Esto contrasta con la asombrosa jibarización o desmantelamiento de instituciones y emblemas culturales de la Ciudad por parte de la gestión del PRO, como lo son, por ejemplo, el Teatro San Martín, la venta de sitios históricos donde se asientan bibliotecas populares, la anulación del plan cultural en barrios, el boicot a las orquestas clásicas infantiles en barrios carenciados (gestión de Claudio Spector), o la falta de gestión visible de lugares como la Usina del Arte o el Centro Cultural de Barracas. Parecería que para el gobierno del PRO en la Ciudad, la financiación de la cultura no ha sido una inversión, sino un gasto, que no debía salir del presupuesto anual, sino de la venta de bienes de la Ciudad. De esto da cuenta la reciente intención de poner en venta el Design Center, parte del Centro Cultural Recoleta, uno de los más bellos restos históricos de la ciudad, propiedad de la ciudadanía y de su acervo cultural.

De la gestión kirchnerista rescato los canales Encuentro y Paka Paka, creaciones que contrastan, dentro de la misma gestión, con una ley de medios sancionada en contra de un multimedio privado, con el fin no de generar medios verdaderamente públicos, sino afines a la gestión política. Además, no puedo negar la gestión de Horacio González frente a la Biblioteca Nacional.

El gran problema de la gestión cultural K es que ha creado estamentos que, a la luz de los últimos ocho años de gestión del PRO en la Ciudad, los eficientes gestores de Cambiemos nombrados por el presidente electo en el Ministerio de Cultura, difícilmente quieran mantener, precisamente por considerarlos onerosos e “ineficientes” (palabra muy poco feliz en los ámbitos del arte y la cultura).

Ambas gestiones tienen puntos en común: ignoran en gran medida la conservación del patrimonio tangible e intangible, la necesidad de una educación artística pública y carecen de una visión de la cultura como integradora social.

 

Carlos Diaz sociólogo y director de Siglo XXI editores

Un rasgo notable de estos doce años es que la política cultural excedió ampliamente lo realizado por el Ministerio de Cultura de la Nación y se tradujo en proyectos valiosísimos desarrollados por los ministerios de Educación, Ciencia y Tecnología, Derechos Humanos o la Cancillería.

Me refiero a las bibliotecas para alumnos y docentes, la gestión de la Biblioteca Nacional, canal Encuentro, PakaPaka, Tecnópolis, el apoyo al cine, el Centro Cultural Néstor Kirchner, el Centro Cultural Haroldo Conti, el Programa Sur, la gestión de museos (no se pierdan el recién inaugurado Lugar A Dudas, a cargo de Diego Golombek, que funciona en el nuevo Centro Cultural de la Ciencia ubicado en el Polo Científico).

En mi opinión, fue una etapa muy estimulante, porque la cultura y la discusión de ideas tuvieron un protagonismo que considero sumamente positivo y dejan el listón alto para la gestión que se inicia.

Pablo Avelluto, el nuevo ministro de Cultura, es un hombre inteligente y ya adelantó que le dará continuidad a muchas de estas políticas y, como es natural, planteará una nueva agenda.

Argentina es un país consumidor pero también productor de cultura. Creo que está garantizada la continuidad de la excelente oferta cultural, pero me preocupa más la producción.

Nuestro país tiene algo que ningún otro de América Latina posee, que es una industria editorial muy prestigiosa, con escritores de ficción y no ficción de calidad y una red magnífica de librerías. Pero aún así este ecosistema es muy frágil y falta una política más audaz e integrada que garantice no sólo su subsistencia sino, sobre todo, su desarrollo. En esta línea, proyectos como el del Instituto Nacional del Libro Argentino deberían volver a discutirse.

 

Adrián Caetano director de cine

No adhiero a absolutos, tampoco a la polarización. A mi entender, hay decisiones útiles y otras descartables o coyunturales, oportunistas. Me parece importante señalar que lo que se construyó se hizo sobre lo devastado y con una dirección: llevar a la cultura a todos lados. Sobre esto, que es muy bueno, tengo mis reparos: creo que hay que llevar a la gente a la ópera y no la ópera a la gente (figuradamente), pero es una meta difícil.

Entiendo que el gobierno saliente tuvo el plan de construir desde las bases, apuntando al futuro. Ese trabajo no suele notarse, pasa desapercibido a los grandes medios de masificación de la cultura. Para mí, lo criticable de ese proceso es no haber sacudido los estándares del mainstream , no haber generado un espacio para esa masa emergente. Mientras esto no ocurra, lo nuevo va a permanecer subrepticio, un poco oculto. Tengo esperanza de que esa emergencia se manifieste independientemente de quien gobierne.

Para lo que viene, me parece importante democratizar los medios de difusión e incluir en ellos de manera urgente la diversidad.

La cultura necesita de diálogo, discusión y confrontación, dentro de un marco de respeto al trabajo ajeno.

Es imprescindible, también, que se cree un instituto de televisión para que ésta deje de usurpar las arcas que el cine se gana por sí mismo. Si el Estado va a continuar subsidiando la televisión, sería esperable que lo hiciera a través de un ente propio y no quitando dinero al INCAA por lo que el cine recauda. La televisión sólo produce ganancias a sus productores, el cine, al cine todo.

En el ímpetu por cambiar, ha imperado cierto desorden hijo de una voluntad a veces desmedida. Poner orden a esas ideas, manteniendo la inclusión laboral dentro de los medios culturales y la independencia de las instituciones, puede resultar un beneficio común a todos. Lo mismo cabe decir para una gestión honesta y expeditiva, que se base en el legado del gobierno saliente.

Desde mi punto de vista, debe mantenerse lo construido, las leyes, las bases. Las instituciones son grandes elefantes difíciles de poner en marcha (como lo hizo Tristán Bauer en la TV Pública) y esa tarea amerita una decisión política y no precisamente gerenciadora. Me dan miedo los gerentes que sólo intentan cerrar cuentas sin advertir que la cultura poco tiene que ver con la matemática.

 

Adriana Rosenberg Directora del Centro Cultural Proa

La tarea cultural no debe estar ligada a los vaivenes de la política. Esto es lo que considero que debe modificarse. Se debe profesionalizar la tarea cultural a través de concursos, para que el nombramiento de sus directivos no resulte determinado por lo político.

Acerca de los aspectos en los que debería poner el énfasis la nueva gestión, considero que debería acentuar todo lo relacionado con las instituciones tanto desde su programación, como desde la administración y modernización de los espacios culturales.

Replantear la administracion de los recursos, para que las instituciones cuenten con budget para actividades.

Proponer nuevas formas de Ley de Mecenazgo tanto para las intendencias como para las gobernaciones, con leyes nacionales o locales.

Incentivar la presencia del público en las actividades a través de un gran programa nacional de voluntariado.

Respecto de los espacios culturales, se les debe brindar tecnología, modernizarlos de tal manera que puedan contemplar el diseño de actividades tanto editoriales como cinematográficas o web.

Respecto de la administración, aggiornar las formas de acceso a los programas y afianzar el acceso desde la Web por cualquier ciudadano.

Respecto de la programación, brindar herramientas de actividades culturales a nivel internacional a través de plataformas de investigación Brindar un programa de capacitación tanto técnico como intelectual para los responsables de las áreas.

Generar programas de participación de las comunidades.

Editorial: 
Ñ / Clarín
Autores: 
Varios

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